domingo, 13 de septiembre de 2020

La Senda de Camille

La Senda de Camille es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Camille ya no existe.

Camille murió. Murió de viejo. Y cuando finalmente se marchó dejó a los Pirineos huérfanos de su especie. Camille fue el último de los osos pardos pirenaicos. Siguió la lánguida senda que habían recorrido años antes Canelle y Papillón. En 2010 desaparecieron de la faz de la Tierra.

Los Pirineos siempre han acogido al oso pardo que ha vivido en sus bosques y caminado entre sus valles. Cuando comenzó el siglo XX su población a lo largo de la cordillera rondaba los doscientos ejemplares, un número que fue decayendo a lo largo del siglo, hasta que en 1996 un programa de recuperación introdujo osos de Eslovenia. A pesar de que se consiguió que se adaptaran y reprodujeran a día de hoy su censo a lo largo de toda la franja montañosa debe estar alrededor de los 50 ejemplares.

Camille, por lo tanto, recorrería durante sus 25 años de vida esas tierras. Caminaría por la franja pirenaica de la comarca de Jacetania, donde se encuentran los Valles Occidentales de Pirineos, comenzaría por el Valle de Ansó en el límite entre Navarra y Huesca, atravesaría el Valle de Hecho y el Valle de Aragües del Puerto hasta llegar a Somport en el Valle de Aisa. Después, ignorante de fronteras que marcaran su reinado también cruzaría las cimas hasta el terreno francés del Valle de Aspe y vagaría por su bucólico entorno.

O al menos eso dice la senda que lleva su nombre. Esta senda, La senda de Camille, que he pasado una semana descubriendo en un deseado y ansiado retorno a la montaña en este año, este 2020 tan raro, tan incómodo de vivir, tan molesto de viajar. Necesitaba la montaña y encontré al fin la oportunidad para animarme a completar esta larga travesía de siete etapas que me rondaba por la mente y el alma desde hacía ya algún tiempo.

Y que acierto. Ha sido una oportunidad preciosa de descubrir una zona de la que apenas sabía nada. En este año en que la montaña ha sido el reclamo turístico de tanta gente ha sido una delicia encontrarme con este recorrido tan puro, tan bonito, tan salvaje, casi en exclusiva para mí. No fui el único inquilino de esta ruta circular pero el aforo limitado impuesto por el COVID ha hecho que seamos muy pocos. La mayor parte del tiempo la he caminado solo. Que placer.

Paso a paso he ido descubriendo cimas calizas, pastizales, valles glaciares, ibones y agujas de piedra y roca en un entorno apabullante, de una dimensionalidad superlativa, adornado con hayedos, robledales y pinares, bajo un sol que cuando lo salía lo hacía sin misericordia y cuando le cambiaba el humor se arropaba entre la niebla más densa. Paso a paso, a pequeñas gotas, he ido rascando metros hasta completar los algo más de 120 kilómetros y sus 7000 metros de desnivel acumulados de subida y otros tantos de bajada.

No ha sido fácil. Y en ocasiones ha sido, largo, tedioso, con etapas que me han dejado extenuado. Pero lo he disfrutado como pocas veces, maravillado por una orografía sobrecogedora, de formas irreales, de espacios infinitos. La rocosa fortaleza del Castillo D’Acher, la conquista del Bisaurín, el lago de Arlet bañado por el intenso sol dorado del amanecer o las Agujas de Ansabère saliendo de entre la niebla después de suplicarlas durante largo rato.

Volver a la montaña es mi brújula. Es mi norte. Es mi manera de rumiar el mundo, de tener el tiempo para encontrarme con mis pensamientos en el trance de los pasos, la respiración y los desniveles. Vivir entre cumbres, envidiar a los buitres rompiendo el silencio del aire con sus alas, agradecer la sombra de los bosques, memorizar las curvas, los pliegues, saciar la curiosidad de saber que habrá al otro lado de ese collado, contemplar desde un mirador los pasos que quedan atrás y guiñar un ojo a los picos, a esos que ya conoces.

Ahora, de vuelta en Madrid estoy sumergido entre fotos. Entre esas memorias incompletas incapaces de captar el viento, helado en algunas ocasiones y salvador otras, el olor de la tierra, de la hierba, de las bestias, el frío del sudor, el cansancio o el dolor de los músculos al terminar la jornada y que sin embargo abren los cajones del recuerdo de cada paso.

Bucearé unos días entre ellas y volveré a este folio en blanco para ponerlas en orden, para intentar domar los pensamientos salvajes que se han venido conmigo. Para intentar acercar este pedacito de mundo a todo aquel que tenga el valor y el ánimo de conocerlo.

Camille lo sabía. Caminó esos mismos parajes durante 25 años y cuando les dijo adiós seguro que lo hizo con un nudo en el estómago.

Al igual que yo.

Madrid, 13 de Septiembre de 2020.

Más información: La Senda de Camille

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La Senda de Camille es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.



lunes, 27 de julio de 2020

Epílogo de Nepal: paseos por Katmandú y Bhaktapur.

Epílogo de Nepal: paseos por Katmandú y Bhaktapur. es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Hace 11 años entré en Katmandú por primera vez. Lo definí con un título escueto que a día de hoy sigo sintiendo igual de preciso: “Desde el color”. Porque entre las calles devastadas de Katmandú, entre los edificios incapaces de mantener la verticalidad, cosidos unos a otros con cables que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin que a nadie parezca importarle, entre la contaminación, la porquería y las nubes de polvo de los suelos de tierra, entre el cúmulo de gente, motos, carros y coches luchando por el mismo espacio, entre ese caos de ruido, incienso y velas encendidas siguen destacando las explosivas notas de color que lo bañan todo. Katmandú sería imposible de entender en el blanco y negro. 

Es en esta contradicción, en el debate mental entre horrorizarse o claudicar ante su magnetismo donde reside el encanto. Katmandú será un desastre, pero es un desastre fascinante donde el tiempo invertido en girar cada calle merece la pena. Y no solo por el caminar apretujado entre mercados improvisados, esquivar motos, abrumarse con los detalles y saturarse con olores de especias sino también por los vestigios disimulados a simple vista, los pedazos eternos de historia que se pueden encontrar en sus arrugas, los templos escondidos, los altares diminutos, las banderas de plegarias. Caminar por Katmandú siempre ha sido una experiencia fascinante. Agotadora y bastante incomprensible, pero fascinante. 

Ya plasmé algunas reflexiones recién llegado del viaje en 2018 y no es mi intención repetirlas. Pero creo que este viaje cuya finalidad principal fue el ir a conocer el Everest y los Himalayas y que he desgranado con paciencia por aquí no estaría completo sin este pequeño epílogo. Las fotografías sin orden, ni control de mis paseos sin rumbo por Katmandú y Bhaktapur que fueron un intento en vano de intentar capturar su esencia y que fueron también de alguna manera parte del viaje. Ninguna foto podría hacerle justicia, incapaz de trasladar el aturullamiento excesivo de estímulos. Y sin embargo, espero que de alguna manera, cuando las miré dentro de algún tiempo si tengan la capacidad mágica de despertarme en la memoria el resto de los sentidos. 

Hasta pronto, Nepal. 

(Las calles del barrio de Thamel)

(La plaza Durbar en Katmandú)

(El templo de Swayambhunath al atardecer)

(Katmandú)

(El templo de Swayambhunath al anochecer)

(Gente alrededor de la inmensa pagoda de Boudhanath)

(Calles de Katmandú)

(Boudhanath al anochecer)

(Tallas eróticas en el templo de Pashupatinath en Bhaktaphur)

(El templo de Nyatapola en Bhaktaphur, el más alto del valle de Katmandú)

(Templo de Siddhi Lakshmi en Bhaktaphur, apuntalado para su reconstrucción tras el terremoto de 2015)

Más info sobre el viaje a Nepal: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest 

Epílogo de Nepal: paseos por Katmandú y Bhaktapur. es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.