lunes, 16 de marzo de 2020

Breves notas a la orilla de Danubio: Budapest (Parte I)

Breves notas a la orilla de Danubio: Budapest (Parte I) es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Vivo a base de recuerdos y mi memoria, que nunca ha destacado por su solidez, tiene la necesidad de refrescar periódicamente los rincones de esa otra vida que se va difuminando. Quizás por eso si vuelvo a un sitio, me gusta dejar algo de tiempo para recorrer los lugares que me hicieron feliz, para ver si siguen manteniendo la magia o si me siguen evocando las mismas sensaciones. Descubrir es fantástico pero no hay que renunciar a la seducción de la memoria ni al destilado de nuevos matices.

Budapest entraba dentro de los destinos que vagamente recordaba, fruto de un viaje que hice con mis compañeros de universidad, ya acabada, y pagado con mi primer sueldo de ingeniero. 2005. Un roadtrip en furgoneta en el que seis amigos nos cascamos las capitales imperiales (Praga, Viena y Budapest) a una media, creo recordar, de un par de días de por sitio, a toda velocidad, chupando carretera como el que más, donde nos reímos mucho y donde también aprendí que ser muy buenos amigos no tienen porque implicar compatibilidad viajera. Hay una edad en que descubres que hay tantas maneras de viajar como personas. Que no cunda el pánico, a día de hoy seguimos siendo muy buenos amigos. Pero no hemos vuelto a viajar juntos. 🙂

Sea como fuere, de Budapest apenas recordaba la inmensidad del Danubio y de la gran impresión que me produjo la arquitectura neogótica del descomunal parlamento Húngaro. Haciendo un ejercicio de arqueología de discos duros he encontrado fósiles de aquella época y he recordado que justamente en Budapest mi cámara murió, probablemente de vejez prematura y mala vida. No volvería comprarme otra hasta que meses después me mudara a Londres pero he encontrado un reducto de memoria en formato jpg. Lo que vais a ver a continuación son documentos gráficos que pueden herir vuestra sensibilidad. Allá vosotros. (Gracias Cris, por rebuscar también entre tus álbumes).

(2005. Todos tenemos un pasado, amigos)

Convendrán ustedes, por tanto conmigo que Budapest se merecía una oportunidad de ser conocida en condiciones y ahora que gusto de viajar sin tantas prisas, volví a pisar la ciudad para caminarla, sentirla y vivirla durante una semana. Volví sin una cámara rota y con el placer de gastar la paciencia en sitios que me gustaría llevarme conmigo. Ahora sentado frente al ordenador, escribo estas palabras, con la intención no solo de resumir algunas de las impresiones que viví, sino de tallar a golpe de tecla su imagen en mi memoria con la esperanza de que tarde muchos más años en difuminarse.

Fue una semana, pero mi idea inicial de visitar también algunas otras ciudades por la zona y hacer un mapa mental algo más amplio de Hungría se quedó en nada. Después de una semana en Budapest, me volví sin haber llegado a conocer con un montón de sitios, dejándome demasiados rincones en el tintero. Para otra ocasión, que espero suceda, quedará la visita a Aquincum, el museo de Bellas Artes, la colección del Palacio Real, recorrer Óbuda, las colinas de Buda más allá de la ciudad amurallada, más de 10 termas en las que remojarme, el sur de Pest y decenas de curiosidades de una ciudad llena de historia, capas que guardan tesoros y recompensas a todo el que tenga el interés en encontrarlas.

Cierto es que, adentrándome en la ciudad en los cortos días de Febrero y queriendo regalarme puestas de sol y amaneceres, el tiempo de visita y de luz queda reducido a una mínima expresión, pero salvando las gélidas temperaturas sin el tímido calor del sol he disfrutado de poder fotografiar esta ciudad desde el sosiego. Y es que hay que reconocerle a esta ciudad que sabe ponerse guapa a la hora de posar.

Su monumentalidad superlativa hace el simple hecho de caminar por la ciudad un goce. No solo por la magnificente arquitectura a orillas del Danubio, sino por la mayoría de sus calles, donde se mezcla el art nouveau, con el neoclasicismo o el barroco. Tiene también en muchos puntos esa belleza decadente, ecos de un tiempo mejor que tan buen rédito le ha dado a otras ciudades como Oporto, forzándolo al límite en la gallardía, el encanto y al atractivo de entrar en edificios que debían albergar escombros y que manteniendo lo mínimo que necesita una estructura para mantenerse de pie acogen bares, restaurantes y espacios de arte. Son los ruin bars. Un emblema de la ciudad.

La propia orografía de la zona, especialmente la de Buda, donde se elevan la colinas del Castillo o la aún mas alta de Gellért, permiten disfrutar, desde decenas de puntos elevados no solo las vistas de la ciudad, sino atardeceres o amaneceres. Desde ahí, desde esas posiciones de vigía privilegiados destacan no solo el propio Castillo, pero también la basílica de San Estaban, el Parlamento o esa joya arquitectónica que es el Bastión de los Pescadores. Sitios populares donde se aglutinan turistas y locales para despedirse del día y donde apenas unos pocos nos animábamos a despertarlo. No les culpo. Los amaneceres son igual de caprichosos que los atardeceres y no siempre se portan como debieran pero para los amaneceres hace falta una capa extra de ropa y voluntad. La recompensa, cuando sucede, es la belleza de una soledad bañada en luz dorada.

Hungría y por lo tanto, Budapest ha tenido una historia rica, compleja y nada sencilla a lo largo de los siglos. Situada en Europa Central la zona ha sido ocupada por diferentes pueblos en decenas de ocasiones dejando en su adn la impronta de la mezcla, pero también la manifiesta dificultad e incapacidad de defender sus fronteras en numerosas ocasiones. En el último siglo, el periodo más reciente para poder empatizar con este país, fueron invadidos por los nazis alemanes y más tarde por el comunismo soviético, los judíos sufrieron persecuciones y masacres, como bien puede verse en la Casa del Terror o el Museo Nacional. Me gustaría en un futuro, si soy capaz de organizar en algún momento mis notas, hablar de la historia de este país que desconocía casi por completo.

Quizás eso sea una manera de explicar el carácter educado pero reservado de los húngaros (al menos en mi experiencia), norma cuya única excepción suelen ser los camareros de los bares de Budapest, manifiestamente antipáticos, algo que pude comprobar en más de una ocasión y que los propios aquicenses se toman a risa, ya que aseguran, añade encanto a la experiencia y no lo cambiarían por nada.

El resto, sin embargo, hace gala de una conciencia de multiculturalidad asombrosa. He podido comunicarme en inglés sin problema absolutamente con cualquier persona, desde el bar más perdido a cualquier puesto de comida, mercado, café o preguntando direcciones por la calle. Desconozco si semejantes facilidades se mantendrán en el resto de Hungría, pero esta ciudad abierta a un mundo que la adora, responde acogedora. Puede acabar volviéndose en su contra devorada por un turismo que ya en la primera semana de Febrero, cuando la visité yo, era excesivo. Podréis argumentar que me convertía, por tanto,  en parte de la queja y no os faltará razón, pero desde luego no esperaba encontrarme en semejantes y algentes fechas una afluencia semejante de visitantes.

Me comentaban y yo no había caído en ello, que los meses fríos son también temporada alta en un lugar que situado sobre una falla tectónica, hace de las aguas térmicas otra de sus señas de identidad. Los baños, algunos de una belleza arquitectónica sobresaliente, elevan la experiencia del balneario y se convierten en al menos una parada obligatoria durante la visita a la ciudad. Convendrán conmigo en que es más apetecible lanzarse al agua caliente cuando fuera aprieta el frío que arrojarse a un caldo en pleno verano. Touché.

Queda por tanto, ante nuestros ojos y criterio el perderse por sus calles, de sentarse a probar gulashes y cervezas, de interesarse por sus recovecos y por su historia, visitar sus mercados, caminar sus parques, disfrutar de sus vistas y dejarse asombrar por su arquitectura. Valga esto como breve introducción, breves notas sacadas del cuaderno de viajes intentando dar forma ahora, antes de que se difumine, a todo lo vivido, caminado y degustado durante esa fría semana de Febrero.

Habrá más.

Como siempre, os recuerdo que no dejéis de viajar con seguro de viajes, que cubra todos los problemas tanto médicos como de otra índole que puedan surgir. Si queréis lo podéis contratar en este enlace y usar el código CRONICAS10, así tendréis un 20% de descuento.

Breves notas a la orilla de Danubio: Budapest (Parte I) es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.



martes, 10 de marzo de 2020

Podcast de fotografía f 2.2 – Picos de Europa y Parque Natural de Redes

Podcast de fotografía f 2.2 – Picos de Europa y Parque Natural de Redes es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Nunca nos fuimos. Seguimos ahí Mauro y yo, agazapados en las sombras, esperando que los astros nos sean propicios, se alineen los astros, coincidamos en el espacio tiempo y podamos sentarnos a charlar delante de un micrófono para hablar de viajes y fotografía. En esta ocasión nos vamos al Norte de España, a dos joyas de la naturaleza que tenemos. Una archiconocida: los impresionantes Picos de Europa. Otra más discreta, pero que ha conseguido enamorar a todo aquel que se anima a pasar unos día en ella: El Parque Natural de Redes. Ambos los recorrí el año pasado, los caminé, alguno con más sufrimiento que otro, pero en ambos me llevé la impresión de que era un privilegiado por tener la posibilidad de disfrutar de esas vistas, de esos picos escarpados, de esos bosques enrojecidos por el Otoño.

Así que sin más dilación, aquí os dejo el nuevo capítulo de f2.2 en el que hablamos de ambos parques. Como soy un ñu y soy incapaz de memorizarlo correctamente, vuelvo a llamar Naranco al Naranjo de Bulnes. En algún momento seré capaz de no confundirme o pasar simplemente a llamarlo Picu Urriellu, pero espero que sepáis perdonar mi metedura de pata. Por lo demás, calzaos las botas de montaña y abrigaos bien que allá, en la montaña, por la noche refresca.

Escucha»Fotografía en Picos de Europa y el Parque de Redes» en Spreaker.

Dado que los viajes los fui contando en directo por las Stories de Instagram os animo, si no lo hicisteis en su momento, a pasaros por las historias destacadas para haceros una idea del viaje:

Anillo Integral de Picos de Europa: Parte 1 | Parte 2 | Parte 3

Parque Natural de Redes

Recuerda que si prefieres: puedes descargarlo en el móvil para escucharlo cuando estes en el coche, corriendo, cocinando, paseando o cuando te de la gana.

iTunes | Ivoox | Spreaker | Overcast

 

Si vais a hacer algo de montaña, aunque sea por España, no os olvidéis de viajar con seguro. Podéis comprar vuestro seguro de viaje con Intermundial a través de este enlace (o haciendo clic en el banner) y tendréis un 20% de descuento al usar el código CRONICAS10.

Podcast de fotografía f 2.2 – Picos de Europa y Parque Natural de Redes es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.



jueves, 30 de enero de 2020

La Montaña Palentina (y 3 rutas de media montaña para descubrirla)

La Montaña Palentina (y 3 rutas de media montaña para descubrirla) es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

(5-8 Diciembre 2019, Palencia)

Vivimos rodeados de maravillas desconocidas. Lo digo sin tono de queja, agradecido de poder encontrar sorpresas más cerca de lo que uno podría imaginarse. La Montaña Palentina no debería entrar en esta categoría y sin embargo lo está. No debería estarlo, digo, porque aunque mi memoria se haya empeñado en empañarla, ya la había conocido hace muchos años, de la mano de mis padres y tíos con marchas por sus picos y lagunas y noches junto al fuego en cabañas de pastores. Olvidé la orografía pero no los recuerdos.

(El Curavacas al atardecer) 

Volver a la Montaña Palentina era por lo tanto una cuestión de recorrer el intrincado laberinto de las reminiscencias pero también una suerte de redescubrimiento, de mirarla con ojos nuevos para que esta vez en un ejercicio consciente fuera capaz de memorizarla. Volvía, por lo tanto, con la curiosidad que precede al explorador que se adentra en lo ignoto. Volvía dispuesto a conectar puntos y conocer sus curvas. Y la recompensa mereció la pena, vaya que si lo hizo.

(Triollo en primer plano y vidrieros al fondo, ambos a los pies del Curavacas)

Quizás sea una percepción personal pero siento que gran parte del interior de España se ha quedado relegado al olvido, muchas veces para goce y disfrute de una minoría a quien no le molesta demasiado vivir en el anonimato, invisibles a los vaivenes acelerados del resto. Castilla (Castilla-León en este caso) es fuente inagotable de paisajes, de montañas y reductos donde reconciliarse con el mundo. Uno lo siente al adentrarse en Palencia, en la calma que sobreviene a kilómetros y kilómetros de naturaleza, solo manchados por algunas poblaciones y casas. Dejar atrás Cervera de Pisuerga y especialmente al atravesar el mirador Alto de la Varga, es disfrutar de la vista de la montaña en todo su esplendor.


(El embalse de Camporredondo)

(Embalse de Camporredondo con el Espigüete al fondo)

Desde ahí, enfrentado a este enorme muro, primer bloque de una cordillera cantábrica que en esa zona atraviesa además León, Cantabria y Asturias, es más sencillo hacerse una imagen global de lo que abarca este Parque Natural. Los recodos de mi memoria lo recordaban con otro nombre, ya obsoleto que fue el de Fuente Carrionas, ahora rebautizado con el de la Montaña Palentina.

(El Espigüete al Atardecer)

(El Embalse de Camporredondo con Alba de Cardaños)

Sería conveniente hacernos una idea de la estructura principal de este primer encuentro, un esquema de al menos esta fachada principal. Detrás, en la trastienda de las rocas y las cumbres hay mucho más, mucho que desconozco y que espero tener la oportunidad de seguir caminando y descubriendo.

A lo que íbamos: en estas panorámicas se pueden tener una buena idea de la zona, donde pueden verse sus dos emblemas más conocidos, el Curavacas (2520 m) y el Espigüete (2450m) cuyas cumbres están entre los trofeos más codiciados por los alpinistas que visitan la zona. Yo, consciente de que la nevada que lo cubría todo podía hacer que me encontrara con bastante hielo y carente de piolet y crampones lo dejé para otra ocasión futura. Creo que fue una decisión sabia o si no sería bastante probable que no estuviera escribiendo estas líneas. Otros de los grandes picos que pueden verse y deberían formar parte del mapa mental de quien lo visita son la pirámide perfecta del Pico Murcia (2352 m) y Peña Prieta, el pico fronterizo entre Palencia y Cantabria que además con sus 2540 m de altura es el punto más alto de la provincia palentina.


Si bajamos un poco más la mirada nos encontraremos con las principales poblaciones de la zona. Con Vidrieros en la parte más oriental de la falda de la montaña a los pies del Curavacas, seguido de Triollo donde me alojé todos los días, y una vez bordeando el embalse de Camporredondo, nos topamos en primera instancia con Alba de los Cardaños y con Cardaño de Abajo después. Desde Cardaño de abajo una pequeña carretera se adentra hasta Cardaño de Arriba, punto donde comienzan muchas de las rutas por la zona. Entre medias de ambos pueblos, está la desviación hacia las Cascada de Mazobre.

(Cascada de Mazobre)

(La Lastra. Siguiendo la carretera se llega al mirador alto de la Varga )

Si algo pude sacar en claro de charlar con los locales es que aunque los alpinistas que llegan a la zona suelen centrar su interés en los picos de alta Montaña (el Espigüete, el Curavacas y en menor medida el pico Murcia), Palencia tiene una media montaña formidable, con decenas de rutas. Para obtener información de primera mano, mientras te tomas una cerveza y un pincho de tortilla o una ración de panceta, la pequeña cabaña/bar de Puente Agudín, junto a Cardaño de Abajo esta regentada por montañeros de pro llenos de sabíduría y consejos. En mi caso entre botellín y botellín, me dejaron consultar planos, guías y mapas mientras me daban buenas indicaciones para conocer la zona. Todas fueron un acierto.

Así que aquí os dejo un esquemático de la zona donde ver las tres rutitas que hice en los tres días para llevarme una idea de lo que poder descubrir en un nivel de media montaña lo que este parque Natural tiene que ofrecer. Obviamente es el resumen de mi aproximación, una aproximación muy limitada por el tiempo pero creo que lo suficientemente variada como para enamorarse de esta zona. De cualquier manera si cotilleáis en cualquier libro de rutas, tendréis decenas (y si, os juro con se decenas) para elegir. A mí me gustó mucho este: Ascensiones en la Montaña Palentina (descubrimiento cortesía de los sabios de Puente Agudín) con 40 excursiones para hacer por la zona (podeis encontrar una versión reducida aquí).

También os añado en cada ruta el recorrido GPS en wikilocs, que deberían funcionar meramente como algo orientativo, especialmente porque al caminar por nieve puede que lo estuviera haciendo por fuera de los caminos que pueden encontrarse en otras estaciones.

DÍA 1: Cardaño de Arriba – Pozo de las Lomas.

Ida y Vuelta: 15 km
Desnivel: 760 m (1520 m acumulado).
Descarga GPX de la Ruta (Wikiloc)

La mañana despertó con esa limpieza en el aire que solo puede traer el frío. Las colinas secas, ya abandonadas por el otoño, brillaban escarchadas mientras en el cielo un manto fino y delicado de nubes impedían que el ambiente se calentara lo más mínimo. La calefacción del coche hacía lo que buenamente podía por llevar su interior a condiciones mínimas de habitabilidad y atrás quedaba Alba de los Cardaños, petrificada y sin intención de despertar hasta que el sol abandonara la somnolenca. Ni siquiera el viento se había levantado de la cama tal y como atestiguaba el espejo en que se había convertido el embalse de Camporredondo.

(Alba de los Cardaños, escarchadita la pobre)

Según se avanzaba, el Espigüete iba creciendo, revelando su verdadera enormidad que el día anterior, a mi llegada, había pasado disimulada por la distancia. A sus pies, ya perdida toda perspectiva, la carretera giraba adentrándose en el valle profundo que habría de llegar hasta las pequeñas calles de casas de piedra y chimeneas humeantes de Cardaños de Arriba. Era la hora de cargarse el macuto y comenzar la subida hacia la montaña, hacia el blanco, atravesando los cerros níveos y adentrarse en el inmenso circo de picos. Allá en lo alto ya se podían ver las Agujas de Cardaño, vigilantes silenciosos del Pozo de las Lomas, el destino final de mi ruta.

(El Espigüete)

(Al fondo ya pueden verse las preciosas Agujas de Cardaño)

Me adentré muy rápido en la nieve endurecida por los vientos y las noches frías. Los caminos habían desaparecido y solo quedaban rastros intermitentes de huellas de otros caminantes. Un tibio rasto marcado de vez en cuando por hitos de madera que certificaban un recorrido sin pérdida, con las Agujas de Cardaño en el horizonte. Fue aquí mi primera sorpresa ante las dimensiones de la zona, ante la belleza de los picos argénteos que sobresalían por todas partes. Fue una subida sin demasiada dificultad pero que no permitía sino caminar con calma y sin prisas.

(Panorámica de la zona. El Valle que une Cardaño de Abajo con Cardaño de Arriba y la ruta de subida hasta el Pozo de las Lomas – fuera de la foto-. A la derecha el Espigüete y el Pico Murcia) 

El Pozo de las Lomas estaba completamente helado y nevado, una anomalía plana en el paisaje irregular de la montaña. Al fondo el valle, dominado por el Espigüete, flanqueado a su derecha por el Pico Murcia. Un paisaje con vistas, ideal para reconventirlo en restaurante de lujo y sacar el bocadillo, cortar un poco de queso y sentirte la persona más afortunada del mundo.

(El Pozo de las Lomas, las Agujas de Cardaño y encima Peña Prieta, al fondo se puede distinguir Picos de Europa)

(El Pozo de las Lomas) 

(El Espigüete)

La ruta clásica continuaba ascendiendo, bordeando las Agujas de Cardaño hasta el Alto de Fuentes Carrionas, desde se puede terminar de hacer el recorrido para coronar Peña Prieta (el techo de Palencia) y disfrutar de la vista majestuosa con Picos de Europa al fondo, pero tenía varios motivos para desestimarlo. Aún requeriría un buen rato para hacer la subida en la nieve (al menos una horita y media más), cosa que no sería un problema si no fuera porque ya eran las 14.00 de la tarde y el atardecer caería sin que pudiera evitarlo dos horas y media más tarde. Nada emocionado con la idea de que se me pudiera hacer de noche en territorio helado, opté por plegar los bártulos y comenzar la bajada prometiéndome, reintentarlo en otra ocasión, quizás en un momento del año en que los días se alarguen.

Veranito, espérame en Palencia.

(Las agujas de Cardaño y al fondo, Picos de Europa)

(Panorámica de la zona: de Izquierda a Derecha – Agujas de Cardaño, Peña Prieta, debajo completamente congelado está la Laguna De Fuentes Carrionas, al otro lado el Valle de subida desde Cardaño de Arriba y el Espigüete)

(Un par de fotos con el Pozo de las Lomas y el Espigüete al fondo. Nótense los dos excursionistas de la primera)

Y aún asi, para ratificar mi decisión, retorné al parking ya con el sol puesto y las últimas luces del día. Momento de acercarse a Puente Agudín a celebrar la ruta con unos torreznos y unas cervezas.

Que no os engañen, la montaña es la excusa para recompensarse sin culpa y ponerse fino a cerveza.

Día 2: Cascadas de Mazobre – Alto de la Hoya de Martín Vaquero.

Ida y Vuelta: 11,2 km.
Desnivel: 855 m (1710 acumulado).
Descarga GPX de la ruta (Wikiloc).

Recorrí camino similar al del día anterior, volví a encontrarme los campos helados y las aguas calmas con el frío de la noche resistiendo el embite de unos rayos de sol a los que se les había olvidado su función. Esta vez sin embargo me detuve antes de llegar a Cardaños de Arriba. A mitad de camino entre ambos Cardaños hay un pequeño parking y un valle que se adentra hacia el Oeste, en el valle que bordea el Espigüete.

La primera parte de esta ruta es una de las más sencillas y populares de la zona, alrededor de 6 kilómetros entre ida y vuelta, por una senda amplica que desemboca en una belleza de cascada de unos 10 metros de caída: la cascada de Mazobre. La mayor dificultad de este trayecto radicaba en caminar sobre las huellas de los excursionistas de días anteriores, agujeros en una nieve endurecidas por las bajas temperaturas. En términos de lo que me encontré en estos días por la Montaña Palentina, fue el trayecto más transitado por su facilidad para hacerlo con toda la familia.

(La Cascada de Mazobre)

Tiene el encanto de ser literalmente los pies del Espigüete, abrumador desde ese ángulo con sus dimensiones. Es por aquí por donde se ataca a su cumbre, por un canal helado que atrae a muchos alpinistas. Me hubiera encantado intentarlo, sin embargo, sin conocerlo con anterioridad, siendo cara norte y sin piolet ni crampones, caía fuera incluso de planteármelo.

(El Espigüete. Si os fijáis bien, se puede ver en su zona central el canal por el que se asciende a la cumbre) 

Sin embargo en Puente Agustín me habían hablado de complementar la ruta con otra a partir de la Cascada de Mazobre, que dejándola detrás, se adentraba en un nuevo valle más ancho. Esta zona, carente del nombre y fama del Espigüete y con algo más de dificultad y pendiente que la senda que me habia llevado hasta la cascada lo convertía en terreno inexplorado. El circo se abría y al fondo de una subida estupenda de unos 600 metros se encontraba recortado contra el cielo, el Alto de la Hoya de Martín Vaquero.

Y si, lo tenía todo para mí.

No había rastro de más humanos por la zona, Solo nieve plana, limpia y crujiente bajo mis pies.
Ni una sola huella que indicara que alguien había pasado por allí en los últimos días. Bueno. Miento. Eso no es del todo cierto. Si que había indicios de que no era el único habitante de la zona, pues la nieve la cruzaban pequeñas pisadas de rebecos y… esto.

Una huella de oso.

Me senti di Caprio en Luisiana por unos instantes y pensé, que con esta suerte que tengo de verme en insospechados berenjenales con divertidas consecuencias, lo mismo la liaba, pero el oso, si en algún momento me vio (cosa que dudo) no dio muestras de inquietarse a pesar de mi varonil presencia. Solo quedaba seguir la tediosa subida hasta el pequeño y discreto pico.

(Vistas desde lo Alto de la Hoya de Martin Vaquero)

Caminar por un valle lleno de nieve te hace obviar los caminos enterrados, se camina por donde te indica el instinto, se atacan las pendientes como buenamente se puede, se mira a un punto en el horizonte y se mantiene la ruta fija a pesar de los continuos giros y zigzages que engañen a las piernas. Quizás, sin la sabiduría en forma de sendero de caminantes anteriores, no lo hice por el mejor de los ángulos, o quizás si, pero sea como fuere fue una subida trabajosa encadenando una serie de repechos que dejaron las piernas ardiendo y el aliento entrecortado.

(La Hoya de Martín Vaquero en primer plano, el Espigüete al fondo)

(Panorámica con la Hoya de Martín Vaquero, El Espigüete y el valle de subida)

Estaba, como siempre que uno no lo desea, el viento. Gélido, acumulando su corriente de los valles para liberarse sobre las colinas. Una bonita manera de decir que soplaba que se las pelaba, para que os voy a engañar. Sin embargo, los últimos pasos, los te acaban llevando hasta la cima y te convierten a tus ojos en el rey del mundo, siempre lo obvian, ciegos de la emoción. La vista desde el Alto de la Hoya de Martín Vaquero, enfrentada al Espigüete era majestuosa. Glacial, sí. Pero majestuosa.

(El Espigüete)

El resto de la ruta, debería haberme llevado cresteando por los picos de la montaña antes hasta toparme con el Espigüete y descender, pero de nuevo esto implicaría encontrarme con una cara Norte que había decidido evitar. Opté por algo mucho más elegante. Volver por donde había venido, bajar por la misma pendiente que me había quemado cuadriceps y gemelos, pero aprovecharme de la misma para bajar a saltos y haciendo la croqueta. Las maravillas de la montaña nevada (y solitaria), amigos.

(La Cascada de Mazobre a la vuelta, al atardecer).

Sería curioso ver el paisaje en verano y descubrir por donde caminé. Sé, porque los mapas que llevaba así lo indicaban, que atravesé rios ocultos bajo la nieve, así que quizás mi trail no se parezca en anda a una ruta en verano. Rato después, completado el recorrido y habiendo regresado a la civilización solo quedaba una cosa, acercarse al embalse de Camporredondo a ver si el Espigüete me despedía el día con un buen atardecer y unos buenos reflejos. Obviaré la de barro que tuve que tragar para encontrar un buen reflejo (el embalse estaba bastante bajito de agua) y que las nubes decidieron no unirse a la fiesta pero el Espigüete cumplió y sus piedras se tostaron de tonos rojizos al atardecer.

Otra memoria imborrable (y muy fría).

Día 3: Vidrieros – Monte de las Huelgas

Distancia: 10 Km
Desnivel: 910 m (1820 acumulado)
Descargar GPX de la ruta (Wikiloc)

El último día por la Montaña Palentina apenas llegaba para una ruta de buena mañana antes de regresar a Madrid. Había ganas de recorrer, aunque fuera fugazmente, alguna otra parte de la sierra y opté por acercarme a Vidrieros y desde allí comenzar la subida hasta el monte de las Huelgas. Vidrieros es el punto de partida para quienes quieren coronar el Curavacas, pero al igual que con el Espigüete no iba preparado (ni creo que tuviera la experiencia necesaria) para ese tipo de ascensión.

(Triollo al fondo, mientras se asciende por el camino hacia el Monte de las Huelgas) 

(A la izquierda el Monte de las Huelgas, enfrente la subida hasta el Collado de el Pando) 

Pero con todos los montes que forman parte de parque natural, no tenía excusa para echarme al monte y el Monte de las Huelgas parecía una cima lo suficientemente interesante como para tener una nueva visión de la zona. El camino ascendía desde el parking de Vidrieros, bordeando la iglesia del pueblo antes de adentrarse en un hayedo ya desnudo por el frío que estoy seguro que debe dar muchas alegrías a quien lo visite en Otoño.

(Triollo y el embalse de Camporredondo)

De nuevo caminaba solo, sin rastro de nadie. El tiempo, la verdad, no acompañaba tanto como en días anteriores y las nubes iban haciéndose con el control no solo del cielo sino de las montañas. La niebla galopaba ladera arriba hasta que el paisaje pasó a estar disponible solo a ráfagas. Nada que ensombreciera mi ánimo. Después de todo había que hacer hambre para la comida y pocas cosas mejor que una cuesta arriba sobre la nieve, bajo lluvia y viento.

Caminar sobre la nieve tiene, si lo practicas solo de pascuas a ramos como es mi caso, el inconveniente de que se calculan muy mal los tiempos, porque el paso sobre una superficie que se hunde es más lento de lo que uno puede calcular. También es cansado, pero eso seguro que se lo imaginan incluso quienes solo disfrutan de la montaña si la ven por la televisión.Así que la subida se detuvo solo en una parada técnica para admirar la vista desde el collado de el Pando, antes de completar el ultimo tramo final. Haber subido hasta allí era más una cuestión de orgullo que de contemplación porque desde la cima se debería tener una vista de tú a tú hacia el Curavacas, vista que la niebla negaba insistentemente. Al menos permitió que el breves momentos se pudiera vislumbrar el valle de Pineda. Una vista exquisita a pesar de todo.


(El Valle de Pineda desde lo alto del Monte de las Huelgas)

(Una preciosa vista del Curavacas. No.)

También desde allí se podía ver el pequeño Pozo Oscuro, irónicamente blanco por el hielo y la nieve, con una panorámica al fondo de la Sierra de Almas. Bueno momento para despedirse, se vieran o no, de los techos de Palencia y volver a saltar nieve abajo por las laderas hasta llegar de vuelta a Vidrieros, calado por la lluvia, por la nieve y feliz de haberme encontrado una vez más con la montaña. Llegaba el momento de regalarse un cochinillo al horno antes del viaje de vuelta a casa.

(Panorámica de la Sierra de las Almas con -y hay que fijarse bien- el Pozo Oscuro totalmente congelado.)

Me iba, pero ahora que ya sabía que habiéndo re-descubierto la Montaña Palentina no tardaría tanto en volver a visitarla.

Información Útil:

Alojamiento y donde comer:

Si quieres quedarte por la zona (tampoco hay una amplia variedad de alojamientos), yo me quedé en el Hostal Asador la Montaña en Triollo, que usé como base de operaciones. El alojamiento es bastante cómodo y digno y el restaurante es de cocina tradicional con platos bien contundentes. Os animo a ver si sois capaces de acabaros el menú del día entre semana y de dar buena cuenta del cochinillo al horno (su especialidad) en un sábado o domingo.

Treks para GPS: 

A pesar de que las rutas están bastante bien señalizadas, en montaña nunca está de más caminar con un GPS que os permita regresar en caso de que haya mal tiempo. En mi caso yo viajo con el Garmin eTrex 30x. Os dejo además las rutas de los tres días en mi cuenta de Wikiloc, aunque creo que deberían utilizarse únicamente de manera orientativa, ya que al caminar sobre nieve muchas veces los caminos quedan enterrados y la ruta no es precisa.

Mapas y Guías: 

En la librería Desnivel puedes comparar tanto un mapa de la zona, como hacerte con una guía que te ayude a organizar los demás treks como «Ascensiones en la Montaña Palentina«.

Espero que os animéis a conocer este precioso Parque Natural y si lo hacéis que estos pequeños consejos os ayuden a disfrutarlo.

¡Nos vemos por las montañas!

La Montaña Palentina (y 3 rutas de media montaña para descubrirla) es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.