miércoles, 22 de noviembre de 2023

Madagascar (I): El descenso del Tsiribihina

Chaland, el barco más popular para hacer el descenso del río Tsiribihina

El descenso del Río Tsiribihina es parte de la expedición Remote River de IndigoBe: Web | Instagram | Email

El trocotro del motor indicaba que al fin nos poníamos en marcha. Tras la ajetreada carga de material, comida, hielo y tiendas de campaña por parte de la tripulación nuestro barco, una chaland de dos plantas, crujía mientras empezaba a deslizarse corriente abajo por las aguas rojizas del río Tsiribihina.

Varias Chaland descendiendo por los cañones del río Tsiribihina

La vida alrededor del Tsiribihina, en una zona donde no hay carreteras ni puentes, se hace alrededor del Río

Mujer malgache con la cara decorada con masonjoany, en Begidro

Mirando la vista atrás, había costado bastante llegar a ese primer y definitivo movimiento en que podíamos dar oficialmente por comenzado nuestro viaje por Madagascar. Hasta entonces, todo se había resumido en una larga sucesión de transportes que nos habían llevado, varios días después hasta el embarcadero de Miandrivazo, esa playa de arena y barcos.

Embarcadero de Miandrivazo

Fogata en las zonas de acampada del descenso del río Tsiribihina

Ferry local para mover transportes por el río Tsiribihina

Llegando a Miandrivazo

Comenzó con un largo viaje en avión con escala en Estambul hasta alcanzar Antananaribo, la capital del país y le siguió un día de viaje en 4×4 por carreteras decadentes. Costaba imaginar que estuviéramos circulando por la mejor arteria del país, la N-7.

La vida por las carreteras de Madagascar

Empecé a descubrir Madagascar así, desde el otro lado de la ventanilla del coche, en esas primeras horas en que los sentidos se esforzaban al máximo por suplir la desorientación, buscando a lo que aferrarse para minimizar el siempre existente shock que se produce al llegar a un nuevo país.

La capital, tras nuestro paso fugaz, desaparecía entre arrozales mientras nuestro conductor esquivaba motos, bicicletas, carros tirados por cebúes y decenas de personas. Algunas elegantemente vestidas para asistir a misa en algunas de las iglesias chaparritas que salpicaban todo el recorrido o mujeres en suave procesión transportando elegantemente todo tipo de cestos y mercancías sobre sus cabezas.

Dejando Antananarivo tras los arrozales

Mientras el paisaje se desvestía de los verdes de los arrozales y pasaba a los rojos de los suelos arcillosos y terrenos áridos, se intercalaban mercados donde las moscas buscaban (y hallaban) su hueco entre los mostradores de carne y entre ropas y artesanías los variopintos colores de las frutas encajaban perfectamente con la paleta del país.

Madagascar, la isla roja

Se sucedían los puestos ambulantes a orillas de la carretera, buscadores de oro en los ríos y la gente se amontonaba alrededor las furgonetas que hacían las veces de autobús, los taxi-brousse, cuyos techos servían para transporta absolutamente de todo: desde mercancías, bicicletas, maderas, ruedas, macutos y hasta – no exagero- cadáveres envueltos entre sábanas.

Un taxi-brousse

El río Tsiribihina

Habíamos alcanzado Miandrivazo de noche y ahora, ya desde en nuestra chaland sobre las aguas podíamos empezar a entender donde estábamos. El Tsiribihina se nutre principalmente de los ríos Sakeny, Mahajilo y el Mania que viajan desde las Tierras Altas en el centro del país hasta desembocar al Oeste en el estrecho de Mozambique. En este recorrido de más de 500 kilómetros arrastra arena y tierra arcillosa que le acaba dando su característico color marrón rojizo.

Río Tsiribihina

Un camaleón se vino a despedirnos antes de embarcar

Río Tsiribihina

El Tsiribihina es una arteria gigantesca flanqueda en gran parte por orillas de arena y tierra que puede alcanzar en algunos puntos el kilómetro de ancho, y en una zona en la que apenas hay ni carreteras, ni puentes, la vida transcurre obligatoriamente por sus aguas. Podría engañarnos en muchos momentos la sensación de lugar remoto, pero bastaba con fijarnos un poco para encontrar siempre alguna diminutas barcas de madera, algún asentamientos o algún pequeño poblado escondidos entre la maleza, a algunos locales caminando por sus orillas y aprovechando el flujo del agua para bañarse, coger agua o lavar la ropa. El río es su autopista, el río es su mercado, el río es su terreno de juego.

El río es, en definitiva, su vida.

La vida junto al río Tsiribihina

La etimología del nombre, Tsiribihina, como todo en este país, depende de a quién preguntes, porque lo mismo puede significar “agua que no se bebe” como “no te bañes que hay cocodrilos”. Cabe destacar que sea cual sea la respuesta correcta los locales las ignoran ambas. Y eso que sí es cierto que hay cocodrilos aunque no tuvimos la suerte de ver demasiados, algo que depende de muchos condicionantes más allá de la propia biología como la manera de realizar el descenso de las aguas. Si bien nosotros hicimos el recorrido en una cómoda chaland en la que poder moverse y estar bajo la sombra protegidos del inclemente sol, hay algunos visitantes que prefieren hacer el descenso en piragua.

Niño jugando al atardecer cerca de una de las zonas de acampada de arena junto al río Tsiribihina

Aldea Malgache junto al río Tsiribihina

La piragua, el transporte principal por el río Tsiribihina

Los contras son claros: falta de movilidad, y una gran solanera (te dejan unos cojines para tumbarte y un paraguas para protegerte del sol), pero a cambio viajas en silencio y ante la ausencia del runrun de un motor es más probable que veas fauna. Poco puedo opinar sin haberlo probado pero siendo una experiencia algo más extrema, no me importaría repetirlo de esa manera.

Remontando el río Tsiribihina

Colores del atardecer junto al río Tsiribihina

Malgaches paseando por las calles de Begrido

La movilidad y los tours por el río no han cambiado mucho en los últimos cien años, porque ya cuando era colonia francesa también se utilizaban las embarcaciones y piraguas para visitar las plantaciones de tabaco que aún pueden verse cerca de sus orillas.

Plantaciones de tabaco

La cocinera de nuestro chaland

El descenso

Nos esperaban casi 150 kilómetros y dos días y medio de viaje hasta alcanzar Belo Sur Tsiribihina cerca de su desembocadura. Este tiempo de descenso es aproximadamente igual independientemente de si lo realizas en piragua o a motor. En cambio remontarlo en piragua ayudado de largos palos con los que empujarse puede llevar una semana.

Nuestro capitán, el patrón de la chaland

Oteando el río en busca de bancos de arena que esquivar

Hay zonas muy poco profundas y según la época del año es probable que haya que hacer muchísimo giros esquivando bancos de arena en los que de vez en cuando, inevitablemente, las embarcaciones se acaban quedando varadas. Algo bastante habitual que se soluciona a base de puro músculo. Bastaba con que algunos miembros de la tripulación bajaran al agua y resoplando consiguieran levantar ligeramente el barco para acabar de sacarlo de entre las arenas sumergidas.

Atardecer a bordo

Fueron dos días y medio de embelesamiento mirando un paisaje cambiante que iba transformándose en montañas, acantilados y bosques. Descender un río así, sin prisas, sin nada más que hacer que ver la vida pasar fue algo hipnótico. Lo sentí como un regalo en esta vida de inmediatez a la que nos vemos arrojados con demasiada frecuencia. Tanto desde las tumbonas de la parte superior de la chaland como junto al agua y con una taza de café en la parte inferior miraba embobado el mundo que rodeaba intentando entenderlo.

Gentes de Begrido

No todo el tiempo estuvimos a bordo. Nos bañamos bajo cascadas. Nos encontramos con nuestros primeros baobabs y nuestros primeros lémures. Las noches las pasamos atracados junto a bancos de arena donde se plantaban las tiendas para dormir junto al crepitar del fuego. Acampados en mitad de la nada, viendo el día desaparecer bajo la oscuridad, las nubes y las estrellas, escuchando el silencio que de vez en cuando se rompía por el motor de las chaland que remontaban el río. Cenando bajo la luz roja que evitaba a los mosquitos entre charlas, risas y bebidas que nunca nos importó demasiado que no acabaran de estar muy frías.

Atardecer entre baobabs

Atracando el barco junto a playas de arena para acampar antes del atardecer

Canciones locales junto al fuego en una de las zonas de acampada

La excelente comida en la chaland

La realidad llegaba en muchas de las paradas en las que gente, que salía de no sabía muy bien donde, se nos arremolinaba cerca del barco. Al principio del viaje se nos había llamado la atención para que no estropeásemos las latas de bebida o las botellas de plástico que traíamos con nosotros. Eran precisamente estas, las que se nos reclamaban junto al chaland como si de un tesoro se tratase. En las aldeas son necesarias para guardar y almacenar alimentos. Fue una bofetada de realidad. En Madagascar todo tiene una segunda vida. Y una tercera. Y una cuarta… África se queda todo lo que no queremos en otras partes.

Zona de acampada junto al río Tsiribihina

Begidro

Si hubo una parada que me gustó especialmente fue la visita a Begidro. Fue una sorpresa porque desde la orilla del Tsiribihina parecía que iban a ser tan solo unas cuantas casas, pero descubrimos rápidamente que tras esa primera hilera no había una aldea sino una pequeña y vibrante ciudad. Decenas de calles y callejuelas con puestos de comida que acababan en una bulliciosa plaza tomada por un animado mercado donde las frutas y verduras (y en menor medida algo de pescado y carne) acaparaban el protagonismo.

Puerto de Begrido

Viendo la vida pasar en Begrido

Centro médico, escuela y entre el barullo que uno podría imaginarse, decenas de mujeres con las caras decoradas con masonjoany. Esta es una de las tradiciones más extendidas por el país, donde se usa esta pasta a base de madera no solo como protector solar sino también de manera estética. No pude por menos que acordarme de como me había sorprendido muchos años antes de manera similar el thanaka birmano.

Mujer decorada con masonjoany en Begrido

Antes de decorarse con masonjoany…

… y después.

Fue ahí donde tuve el primer contacto real con los malgaches y su buen humor y simpatía. Aparecer por allí fue una revolución y agradezco enormemente que me dejaran acercarme a fotografiarlos. No compartíamos ni una palabra, pero siempre agradezco a mi cámara que me ayude a romper estas barreras lingüisticas.

Belo Sur Tsiribihina

Dos días y medio después, alcanzábamos el embarcadero de Belo Sur Tsiribihina y nos despedíamos de la tripulación con una última comida a bordo. El descenso había sido la forma perfecta de empezar a conocer el país… y lo mejor aún estaba por llegar.

Qué maravilla.

Más info: El Descenso del Tsiribihina ha sido parte de la Remote River Expedition de la agencia IndigoBe. También podéis seguir los artículos que está escribiendo de mi compi Isaac de Viajes Chavetas.

Mas info de IndigoBe: Web | Instagram | email

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jueves, 16 de noviembre de 2023

Podcast de fotografía F 2.2 – Fotografiando la Vía Dinarica

¡¡Ni un año sin su podcast de f 2.2!! En el de esta temporada (jaja), Mauro y yo nos sentamos a hablar de lo que fue la Vía Dinarica y sobre todo como hice no solo para sobrevivir sino también para fotografiarla. Equipo, dificultades y soluciones para una ruta en la que hay que mirar con recelo a cada gramo que se añade a la mochila. Pero sobre todo muchas risas recordando algunos de los momentos de mi viaje de este verano.

Escucha»La vía Dinárica. Cómo hacerla, sobrevivir y hacer buenas fotos, por Ignacio Izquierdo» en Spreaker.

Recuerda que si prefieres: puedes descargarlo en el móvil para escucharlo cuando estes en el coche, corriendo, cocinando, paseando o cuando te de la gana.

iTunes | Ivoox | Spreaker | Overcast

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miércoles, 15 de noviembre de 2023

Resumen del viaje fotográfico por Montenegro

Cuando Sergio y yo, tras finalizar el año pasado nuestro viaje por Bosnia y Herzegovina empezamos a preparar este segundo viaje fotográfico y decidimos hacerlo en Montenegro yo aún no sabía que iba a estar justo unas semanas antes recorriéndolo a pie. Pero así ha sido y no he podido evitar un cosquilleo de emoción al volver a pisar tan pronto sus montañas, caminar por sus bosques y sus valles.

Bahía de Kotor

Parque Nacional de Lovćen

Cañón del Río Morača

Tanto por descubrir. Tantísimo. Vaya para todos aquellos que tras un viaje tachan a un país de la lista como si fuera suficiente y ya no hubiera secretos que descubrir. Niego la mayor, porque a pesar del regreso tan solo he vuelto a encontrarme cara a cara con un único lugar y todo lo demás ha sido nuevo. Ha sido fascinante seguir descubriendo más aristas y más pliegues, con el extra de haber sido recibidos entre ocres.

Parque Nacional de Biogradska Gora

Alrededores de Kolašin

Cetinje

Subida a la fortaleza de Kotor

Parque Nacional de Lovćen

Siempre tuvimos claro que si hacíamos un viaje fotográfico a un destino con una naturaleza tan potente como Montenegro tendría mucho sentido arriesgarnos a hacerlo en Otoño. Los contras era que contaríamos con menos horas de luz y con más probabilidades de mal tiempo. Ambas se cumplieron, aunque eso no nos impidió volvernos con un montón de fotos en la tarjeta y la memoria. En cambio, a favor disponíamos de unos días de belleza efímera e irrepetible en la estación más fotogénica del año. Y eso en la sana caza de fotografías se convertían en trofeos casi instantáneos.

Kotor

Parque Nacional de Lovćen

Parque Nacional de Lovćen al anochecer

Parque Nacional de Lovćen

Kotor

Bahía de Kotor al anochecer desde su fortaleza

Comenzamos nuestro viaje en la espectacular bahía de Kotor, que no es sino un cañón sumergido (no, no es un fiordo pues estos tienen origen glaciar), uno de esos lugares en que la naturaleza es tan abrumadora que es impasible ser impermeable a la emoción. Navegamos entre sus gigantes paredes bordeando pueblos, visitando islas y subiendo sus más de 1300 escalones hasta lo alto de su fortaleza para maravillarnos con unas vistas sublimes al atardecer y anochecer.

Bahía de Kotor

Parque Nacional de Lovćen

Panorámica del parque nacional de Lovćen

Muy cerca de Kotor se encuentra este parque Nacional, que no es excesivamente grande y que sin embargo ya nos dió el primer contacto con el Otoño. Caminamos haciendo el cómodo recorrido circular del Wolf Trail (que nos llevo más de la cuenta porque, bueno porque somos fotógrafos) y acabamos el día subiendo al mausoleo de Petar II Petrovic-Njegos (una vez más terminando la subida con otros 400 escalones) para disfrutar de unas de las vistas más espectaculares del viaje. 360 grados y un mar de nubes a nuestros pies.

Wolf Trail en el Parque Nacional de Lovćen

Mirador en el Mausoleo de Petar II Petrović-Njegoš

Parque Nacional del Lago Skadar

Meandro de Rijeka

El mayor lago de los Balcanes solo podía dejarnos con la boca abierta. No en vano el meandro de Rijeka que lo alimenta es unas de las imágenes más icónicas del país. Compartiendo espacio con Albania, este “mar de interior” es hogar de decenas de especies de aves y peces. Perfecto para pasar unas horas recorriendo las carreteras pintorescas que lo bordean y para vivirlo de cerca navegándolo en barca.

A la búsqueda de aves en Skadar

Lago Skadar

Las montañas de Komovi

Montañas de Komovi

En esta zona, más al este del país, nos encontramos el Otoño en su punto óptimo. Atravesamos valles y valles entre un manto de hojas infinitas. Al igual que me pasó con la Vía Dinarica, sus picos principales, tímidos, no salieron de entre las nubes, pero esto no impidió que nos perdiéramos por carreteras perdidas (y poco preparadas para el tránsito, todo sea dicho) para acabar completamente rendidos a sus encantos.

Montañas de Komovi

Montañas de Komovi

Parque Nacional de Biogradska Gora y Valle de Lipovo

Lago Biograd

Este parque es tan inmenso que ni siquiera solapamos un metro de mi recorrido durante mi travesía, pero nos valió para encontrarnos con su precioso lago principal (el Biograd), que aunque nos recibió con lluvia apenas unos minutos después todo se calmo regalándonos unos reflejos preciosos. Nuestra idea era hacer una ruta hasta alguna cumbre, pero el mal tiempo y la poca idoneidad del terreno en esas condiciones nos hizo cambiar el plan y nos fuimos a conocer el Valle de Lipovo, todo un acierto.

Valle de Lipovo

Valle de Lipovo

Cañón de Morača.

Vistas desde el Monasterio de Morača

Otra maravilla tallada por la fina mano del río Morača. Ríos, puentes (alguno colgante no apto para gente con vértigo), monasterios y una de las carreteras más pintorescas de todo el país. Un imprescindible.

Río Morača

Y aún queda más

Me quedan otros cuantos rincones que descubrimos, pero eso lo iré dejando y desgranando para más adelante. De momento solo puedo sentirme enormemente feliz por haber podido volver a Montenegro y una vez más agradecer a quienes han confiado en Sergio y en mí para esta experiencia tan divertida que son los viajes fotográficos.

Parque Nacional de Lovćen

Montañas de Komovi

Valle de Lipovo

Cañón de Morača

Bahía de Kotor

El año que viene habrá más, así que estad atentos si queréis venir a viajar y a fotografiar con nosotros. 🙂

Panorámica de Kotor al anochecer

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