lunes, 23 de noviembre de 2020

Trekking de la Laguna Negra y los Picos de Urbión

Trekking de la Laguna Negra y los Picos de Urbión es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Los días de Otoño ya habían pasado su punto álgido cuando llegamos a Soria. Aún quedaba algo de explosivos dorados y ocres que nos fueron acompañando mientras la carretera subía desde Vinuesa, hasta que progresivamente la altura los fue reteniendo en cotas más bajas. El mar de oro quedaba a nuestros pies, sustituido por los perennes pinares, indiferentes al cambio de las estaciones.

A esas horas de la mañana podríamos parecer los únicos excursionistas que vagaban por la montañas pero lo cierto es que la zona se había despertado mucho antes incluso de que saliera el sol para quienes, al eco del Otoño, se dedicaban a la búsqueda de setas. Todo un mundo, ese, el de los “seteros” que se deslizaban fuera de la cama en mitad de la noche para llegar a sus rinconcitos secretos sin que ojos ajenos pudieran descubrir sus alijos y botines. Ocultos, solo se les podía intuir a partir de coches aparcados en caminos.

Nosotros indiferentes a esta búsqueda del tesoro solo queríamos disfrutar de un día de monte. El plan no era excesivamente complicado: Junto con mi padre y mi hermano planeábamos subir a la Laguna Negra y el Pico Urbión (2228 m.) en la frontera entre Soria y La Rioja. Era una ruta que habíamos hecho años antes, tal y como atestiguaban unas cuantas fotos que ya sobrepasaban la mayoría de edad aunque la memoria las hubiera dejado en algún cajón que ya no sabía encontrar.

(Mi padre junto a la Laguna Negra al comienzo de la Ruta)

A la laguna Negra se llegaba rápido, especialmente si, como ese día, la carretera que llevaba hasta su puerta estaba abierta al público. Ventajas de viajar entre semana y fuera de temporada alta, supongo. Si no, lo que debería ser común ser la mayoría de las ocasiones, tocaría dejar el coche dos kilómetros más abajo en un parking más amplio ya preparado para acoger a números grandes de visitantes y en el que creo (no podría asegurarlo) que hay que pagar unos 4 euros por coche. Ese día no había quién se hiciera cargo.

(La Laguna Negra con el Pico Urbión al fondo)

Por lo tanto comenzamos a caminar ya muy cerca de la propia Laguna Negra, que sería nuestro inicio de ruta ya que en apenas unos centenares de metros ya estábamos a sus pies. Y creedme, era un punto de salida glorioso.

La falta de viento la mantenía como un perfecto espejo, roto tan solo en algunos instantes por algún que otro pez que subía imperceptiblemente hasta encontrar la superficie. La famosa Laguna Negra hacía honor a las expectativas. Cuentan las leyendas, esas que se transmiten por el boca a boca y que se quedan en el imaginario popular que era imposible saber su profundidad, que había que imaginarla como un enorme pozo negro que se perdía en un abismo, que se comunicaba mediante intrincados ríos subterráneos con el mar y donde habitaba un monstruo que devoraba todo lo que tenía la mala suerte de caer en sus aguas. La realidad es algo más decepcionante ya que el punto más profundo de la laguna no supera los 8 metros. Apetece más, no me lo irán a negar, quedarse con la fuerza mística de la leyenda.

La gran afluencia de público que la suele visitar hizo hace unos años que se colocaran unas pasarelas de madera a su alrededor, lo cual reduce el impacto de los visitantes y la hace más cómoda a para todo tipo de público. Es una pena que mucho de este mismo público no se anime a seguir descubriendo una zona muy disfrutable de caminar. Eso si, tras pasar el primer repecho que consigue superar el farallón de roca que la rodea. El trueque por cada paso, por cada metro de ascensión y cada gota de sudor es una mejora de la vista que acaba resultando en una bonita panorámica de la zona.

Lo cierto es que no es una ruta nada difícil y salvando este tramo el resto del trayecto es una subida amable que se va abriendo a partir del collado de la Majada Rubia y que va ofreciendo vistas cada vez más bonitas. El objetivo era llegar a subir al Pico Urbión (2228 m.) que ya se iba viendo en la lejanía. Alcanzar su cima se puede hacer de muchas maneras, desde un camino directo por mitad del valle o complicándolo ligeramente como hicimos nosotros para poder pasar por la Laguna Helada y la Laguna Larga.

(La Laguna Helada)

(Recorrido aproximado de la ruta que hicimos)

Bordeamos una Laguna Helada que no hacía honor a su nombre para cruzar de nuevo el valle hasta alcanzar la Laguna Larga. Detrás quedaba el Risco Zurraquín que se erigía como una torre sobre un valle que se perdía por debajo. Y ya enfilados por la ladera subíamos pacientemente hasta alcanzar el ultimo paso, y meternos entre grandes mazacotes de de pura piedra que culminaban entre estrecheces en la cima del Pico Urbión.

(Dejando detrás el Risco Zurraquín)

(Bordeando la Laguna Larga)

(Aproximándonos ya al Pico Urbión)

Desde allí, en lo alto de la frontera entre la Rioja y Soria la vista era exquisita. No solo se podía ver perfectamente el recorrido de subida que habíamos realizado, sino que el día nos obsequió con vistas del Moncayo (2314 m.) en la provincia de Zaragoza y del Monte de San Lorenzo (2271m.) en La Rioja. Destacaban en la lejanía y separados por un centenar de kilómetros el uno del otro. Los dos picos más altos de la Cordillera del Sistema Ibérico. Completaba la estampa ya la Laguna de Urbión, al otro lado de la frontera riojana.

(La cima del Pico Urbión)

(La Laguna de Urbión)


(Mirando hacia el tramo por el que habíamos subido. Vistas de la Laguna Larga y al fondo entre la niebla aparece el Moncayo)

(Pico Urbión en primer plano, detrás se puede distinguir la Laguna Larga y en un plano posterior a la derecha de la foto la Laguna Helada. También el Moncayo al fondo saliendo de entre la bruma).

(Laguna Larga y Laguna Helada)

(Pico Urbión y Laguna de Urbión)

Nos deleitamos cuanto quisimos con las vistas, antes de comenzar el camino de regreso no sin habernos desviado un poquito para encontrarnos con el nacimiento del Río Duero, las primeras gotas de un río inmenso que habría de desembocar, muchos kilómetros después, en Oporto. Deshicimos parte de lo andado, volvimos a bordear la laguna Helada y nos acercamos a ver el nombrado mirador de La Laguna Negra, que bien merece la pena la subida para todo aquel que se acerque aunque sea tan solo a conocer esta laguna.

(El nacimiento del Río Duero)

(Vista de la Laguna Negra desde su mirador)

(Las tres lagunas, el Pico Urbión y el recorrido aproximado de la ruta)


Era el momento de completare el último tramo de bajada, el momento de volver a pasar por una laguna Negra a la que los colores del atardecer habían maquillado de forma muy distinta y el momento de llegar al coche, de descalzarse la botas y volver a Madrid. Visita relámpago pero con un día glorioso y con una ruta preciosa, de dificultad media/baja por una zona que es un espectáculo.

Y para despedirme aqui os dejo un vídeo de la zona, para que os podáis hacer una idea más general y en movimiento de lo que es.

ALGUNOS DATOS:

Sobre el trekking:

(Descarga la ruta GPX en Wikiloc)


(Perfil de la etapa)

Distancia: 11,6 km.
Desnivel: 683 metros
Dificultad: Media/Baja
Tiempo: Nosotros con todas infinidad de paradas y descansado a comer la hicimos en seis horas y media.
Señalización: La ruta está bastante bien indicada con infinidad de postes orientativos.

Como llegar:

La manera más cómoda de llegar es en coche hasta el parking, siguiendo las indicaciones desde Vinuesa que es la localidad soriana más cercana. Hay que tener en cuenta que no hay opción de transporte público desde Vinuesa. Si se podría llegar por senderos pero entre ida y vuelta nos acercamos a los 40 kilómetros, así que quizás sea una buena opción solo para ciclistas.

En temporada alta hay que pagar el parking (4 Euros) que se encuentra a 2 kilómetros de la laguna negra. Hay autobuses que unen ambos tramos con un coste de 1,2 euros.

Donde dormir:

La localidad más cercana es Vinuesa que es donde existe la mayor opción de alojamientos y restaurantes. Nosotros nos quedamos en el hotel Virginia, que además tenía opción de restaurante.

 

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Trekking de la Laguna Negra y los Picos de Urbión es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.



domingo, 13 de septiembre de 2020

La Senda de Camille

La Senda de Camille es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Camille ya no existe.

Camille murió. Murió de viejo. Y cuando finalmente se marchó dejó a los Pirineos huérfanos de su especie. Camille fue el último de los osos pardos pirenaicos. Siguió la lánguida senda que habían recorrido años antes Canelle y Papillón. En 2010 desaparecieron de la faz de la Tierra.

Los Pirineos siempre han acogido al oso pardo que ha vivido en sus bosques y caminado entre sus valles. Cuando comenzó el siglo XX su población a lo largo de la cordillera rondaba los doscientos ejemplares, un número que fue decayendo a lo largo del siglo, hasta que en 1996 un programa de recuperación introdujo osos de Eslovenia. A pesar de que se consiguió que se adaptaran y reprodujeran a día de hoy su censo a lo largo de toda la franja montañosa debe estar alrededor de los 50 ejemplares.

Camille, por lo tanto, recorrería durante sus 25 años de vida esas tierras. Caminaría por la franja pirenaica de la comarca de Jacetania, donde se encuentran los Valles Occidentales de Pirineos, comenzaría por el Valle de Ansó en el límite entre Navarra y Huesca, atravesaría el Valle de Hecho y el Valle de Aragües del Puerto hasta llegar a Somport en el Valle de Aisa. Después, ignorante de fronteras que marcaran su reinado también cruzaría las cimas hasta el terreno francés del Valle de Aspe y vagaría por su bucólico entorno.

O al menos eso dice la senda que lleva su nombre. Esta senda, La senda de Camille, que he pasado una semana descubriendo en un deseado y ansiado retorno a la montaña en este año, este 2020 tan raro, tan incómodo de vivir, tan molesto de viajar. Necesitaba la montaña y encontré al fin la oportunidad para animarme a completar esta larga travesía de siete etapas que me rondaba por la mente y el alma desde hacía ya algún tiempo.

Y que acierto. Ha sido una oportunidad preciosa de descubrir una zona de la que apenas sabía nada. En este año en que la montaña ha sido el reclamo turístico de tanta gente ha sido una delicia encontrarme con este recorrido tan puro, tan bonito, tan salvaje, casi en exclusiva para mí. No fui el único inquilino de esta ruta circular pero el aforo limitado impuesto por el COVID ha hecho que seamos muy pocos. La mayor parte del tiempo la he caminado solo. Que placer.

Paso a paso he ido descubriendo cimas calizas, pastizales, valles glaciares, ibones y agujas de piedra y roca en un entorno apabullante, de una dimensionalidad superlativa, adornado con hayedos, robledales y pinares, bajo un sol que cuando lo salía lo hacía sin misericordia y cuando le cambiaba el humor se arropaba entre la niebla más densa. Paso a paso, a pequeñas gotas, he ido rascando metros hasta completar los algo más de 120 kilómetros y sus 7000 metros de desnivel acumulados de subida y otros tantos de bajada.

No ha sido fácil. Y en ocasiones ha sido, largo, tedioso, con etapas que me han dejado extenuado. Pero lo he disfrutado como pocas veces, maravillado por una orografía sobrecogedora, de formas irreales, de espacios infinitos. La rocosa fortaleza del Castillo D’Acher, la conquista del Bisaurín, el lago de Arlet bañado por el intenso sol dorado del amanecer o las Agujas de Ansabère saliendo de entre la niebla después de suplicarlas durante largo rato.

Volver a la montaña es mi brújula. Es mi norte. Es mi manera de rumiar el mundo, de tener el tiempo para encontrarme con mis pensamientos en el trance de los pasos, la respiración y los desniveles. Vivir entre cumbres, envidiar a los buitres rompiendo el silencio del aire con sus alas, agradecer la sombra de los bosques, memorizar las curvas, los pliegues, saciar la curiosidad de saber que habrá al otro lado de ese collado, contemplar desde un mirador los pasos que quedan atrás y guiñar un ojo a los picos, a esos que ya conoces.

Ahora, de vuelta en Madrid estoy sumergido entre fotos. Entre esas memorias incompletas incapaces de captar el viento, helado en algunas ocasiones y salvador otras, el olor de la tierra, de la hierba, de las bestias, el frío del sudor, el cansancio o el dolor de los músculos al terminar la jornada y que sin embargo abren los cajones del recuerdo de cada paso.

Bucearé unos días entre ellas y volveré a este folio en blanco para ponerlas en orden, para intentar domar los pensamientos salvajes que se han venido conmigo. Para intentar acercar este pedacito de mundo a todo aquel que tenga el valor y el ánimo de conocerlo.

Camille lo sabía. Caminó esos mismos parajes durante 25 años y cuando les dijo adiós seguro que lo hizo con un nudo en el estómago.

Al igual que yo.

Madrid, 13 de Septiembre de 2020.

Más información: La Senda de Camille

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La Senda de Camille es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.