sábado, 2 de mayo de 2020

Trekking al campamento base del Everest. Etapa 3: Bhandar – Sete

Trekking al campamento base del Everest. Etapa 3: Bhandar – Sete es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.


Etapa 3: Bhandar (2190 m.) – Sete (2580 m.)

Distancia: 12,2 km
Tiempo estimado: 7 horas.
Desnivel Positivo: 1358 m.
Desnivel Negativo: 966 m.

Descargar ruta GPX (Wikiloc)

(Perfil de la etapa)

 

8 de Octubre de 2018

Lo confieso. Me costó completar esta etapa a pesar de que me las prometía muy felices. Con su primera parte cuesta abajo no vi llegar al señor del mazo hasta que ya fue muy tarde para esquivarlo. Y me arreó de lo lindo. Pero ya llegaremos a ese punto, porque lo cierto es que nos esperaba una etapa bonita, siguiendo la estela de las anteriores, atravesando valles y cruzando ríos.

(Bhandar al amanecer)

Nos marchábamos de Bhandar con pena, alejándonos de una casa que nos había mimado como no nos merecíamos de ninguna manera, tras un desayuno al sol (bendito sol mañanero) y vistas a las montañas que empezaban a surgir tras su pijama de nubes. Abandonábamos la pequeña población para atravesar campos verdes de casas desperdigadas y hasta que comenzamos a bordear la montaña, como hormiguitas, por una curva de nivel.

Quizás este camino acabe desapareciendo en un futuro no muy lejano. Las máquinas habían conseguido abrirse camino entre la densa vegetación y bocetos de carreteras empezaban a aparecer por la zona. Quizás las acabarán, quizás no, quizás las fuerzas despiadadas de la naturaleza acaben sepultando estos intentos de camino entre deslizamientos de tierras y avalanchas de barro. Quién sabe, pero si conseguían mantenerse en pie una vez terminadas serían un gran avance para comunicar los pueblos de la región. Desde un punto meramente egoísta, las carreteras desmerecen el paisaje, pero obviamente por delante del deleite de un grupo de excursionistas están el beneficio que una comunicación fluida pueda traer a la zona.

(Las nuevas carreteras que van dando forma a la región en plena construcción)

Aún así, el fino camino por el que caminábamos cortando la ladera, seguía funcionando en buenas condiciones y la vista desde este balcón era un privilegio. Al otro lado de un valle al que daba forma el río Likhu Khola, la colina estaba totalmente tomada por las terrazas escalonadas, monumento vivo a los agricultures nepalíes. Quizás la imaginación le de forma como si fueran decenas de terrazas pero la realidad era mucho más apabullante y las líneas se contaban por centenares. Ríase usted de la fama de Sapa en Vietnam, aquí, los nepalíes habían doblegado a la montaña a sus designios.

También nos encontramos con algunos escolares cruzando en sentido contrario. Algo que siempre me fascina quizás porque en este mundo nuestro doy la educación por supuesta, pero me maravilla y aprecio el esfuerzo que se hace en estas comunidades remotas por acceder a un colegio. Los niños caminan kilómetros para tener acceso a una clases que no solo les ayuden en su vida sino que les formen como personas. La educación es la única manera, es el único futuro. Me emociona mucho ver estos sacrificios que traduzco como orgullo honesto y humilde de quienes sin apenas nada luchan por un futuro mejor para los suyos. Aunque quizás esos niños desgarbados corriendo por la montaña para no llegar tarde a clase aún no lo supieran.

Llegaba el momento de comenzar a descender hasta alcanzar el río Likhu Khola y el río. Se perdía el verde por marrón arena y barro mientras el camino discurría junto al torrente que rugía con un fuerte caudal. Dos puentes colgantes era todo lo que había para cruzarlos y una vez atravesado el primero, junto al arrullo del agua y la sombra de los árboles nos paramos para nuestro primer milk tea de la jornada.

Otra de las cosas que descubres en estos sitios remotos es que cualquier cosa que puedas llevar es útil, para quienes carentes de casi todo agradecen lo que sea. En esos días yo repartí gasas, tiritas y pastillas para el dolor de cabeza, mientras que Mattia, en calidad de médico real, aprovechaba para ayudar, regalar medicinas de su botiquín y hacer algo parecido a una consulta médica a quienes nos encontrábamos por el camino y preguntaban que si teníamos alguna medicina que pudiéramos dejarles.

Poco más adelante, remontando el curso del río se encontraba la Kinja, el más importante de los pueblos de la zona y de esa parte del valle de Likhu Khola. De hecho basta con adentrarse en él para ver que dispone de bastantes alojamientos y restaurantes. “Bastante” para la media de la zona, tampoco nos volvamos locos. Con una media de paso de unos 30 turistas al día durante los únicos cuatro meses de temporada alta, se podía deducir que los alojamientos se limitaban a unos carteles colgados en las puertas de las casas particulares que ya harían hueco si el viajero lo necesitaba.

(Seguimos encontrando el famoso queso de Yak de la zona)

Kinja se suele usar como base para conocer la zona y para subir a los 4065 metros del Pikey Peak, desde donde si el día lo permite se pueden ver ya gran parte de la cordillera del Himalaya, abarcando desde Los Annapurnas hasta el Kanchenjunga ya en la frontera con Nepal y obviamente buenas vistas del Everest. Pero esto habría añadido más días que tampoco teníamos. Una vez hubieron chequeado nuestra documentación para asegurarse que llevábamos todos los permisos en orden dejamos Kinja atrás y comenzábamos una subida tremenbunda, constante y de casi 2000 metros de desnivel que habría de acabar en el paso de Lamjura La a 3530 m. No entraba en el plan completarlos en esta jornada. Nos conformamos con “solo” mil, lo justo para llegar a lanzar nuestros huesos en Sete. No se como os imagináis 1000 metros en forma de escalones de piedra pero se me ocurre alguna comparación. Era como subir hasta la última planta del Burj Khalifa a pie y con la mochila. Ahí no había medias tintas, ni cuestas suaves, ni pendientes disimuladas. Nada de eso. Machaque constate para el que quizás aún no estaba preparado.

(El recorrido de la jornada a medio camino hasta Sete. Bhandar está detrás es la colina, no se llega a ver pero si se puede ver el recorrido y como de divertida estaba siendo la subidita)

Tuve que hacer varias paradas, sin resuello, sin otra cosa que hacer que sentarme en el suelo a ver el mundo pasar mientras hacía tiempo para poder volver a respirar. Primero, junto a una casa de piedra cuyo dueño me miraba divertido. Segundo junto a un colegio (¡un colegio! ¡¡en mitad de esa pendiente!!) cuyos niños apenas se fijaron en ese extranjero que se deshacía sin fuerzas en un charco de sudor en el calor de la subida. En aquel momento pensé, en plena pájara, que quizás esta ruta me iba a costar mucho más de lo que yo pensaba en un principio y por primera vez dude, dudé mucho. Dudé de mí, de mi carga, de mi tesón.

Seguí, claro que seguí. La tercera parada la hice ya sin ánimo, ni moral, obligado por un cielo gris y una lluvia que amenazaba con añadir a mis maltrechas fuerzas el deshonor de acabar calado hasta los huesos. Paré junto a una pequeña casa con algo de urgencia ante las gotas, pero con la poca agilidad que me daba mi lamentable situación. Estaba poniéndome el chubasquero y cubriendo la mochila cuando la señora de la casa abrió la ventana. Pensé que estaba molestando o que quizás le estaba incomodando mi presencia bajo el pequeño tejado, pero se apresuró a desmentirme y me invitó a pasar a casa mientras durara el chaparrón.

El chaparrón no acabo siendo tanto, pero yo si acabé compartiendo un nuevo té con la señora y su hijo, que me miraba con los ojos como platos, al calor de un fuego que también entibió un poco más la moral. Apenas pudimos comunicarnos salvo por gestos, pero fue suficiente para que me arrancaran la sonrisa que necesitaba para hacer de tripas corazón, despedirme, cargar la mochila y completar el último tramo hasta Sete donde mis compañeros que a estas alturas gozaban de mejor forma física que yo, ya llevaban una hora relajándose en el lodge, uno de los dos que había en ese pueblo compuesto tan solo de un par de casas mal tiradas junto al camino. Daba igual. Había llegado y necesitaba tumbarme a recuperar, comer y agradecer que ni las piernas ni el resto del cuerpo hubieran dicho basta.

La vida una vez llegado al lodge se resumía rápidamente: Lavar la ropa, tenderla y destenderla según caía la lluvia, una ducha rápida de agua fría que dolió pero que despertó los músculos y pasar el resto de la tarde sentado junto a la ventana, sin mucho más que hacer en ese pueblo perdido que escribir el diario de viajes, leer y escuchar como la lluvia se tornaba en granizo mientras confiaba en que al día siguiente habría recuperado lo suficiente como para completar los otros mil metros de desnivel restantes.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest

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Trekking al campamento base del Everest. Etapa 3: Bhandar – Sete es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.



viernes, 1 de mayo de 2020

Trekking del campamento base del Everest. Etapa 2: Shivalaya – Bhandar

Trekking del campamento base del Everest. Etapa 2: Shivalaya – Bhandar es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.

Etapa 2: Shibalaya (1790 m.) – Bhandar (2190 m.)

Distancia: 8,1 km
Tiempo estimado: 5 horas.
Desnivel Positivo: 1009 m.
Desnivel Negativo: 619 m.

Descarga Ruta GPX (Wikiloc)

(Perfil de la Etapa)


7 de Octubre de 2018

El día se definía como lo serían el resto de etapas hasta Lukla. Evitar cualquier atisbo de zona llana para lanzarse a las subidas y bajadas, un entrenamiento digno del tortuga duende para preparar piernas y ánimo para las etapas más duras en las alturas. Si nos centramos en esta etapa podríamos decir que tenía dos partes diferenciadas, una primera de subida tremenda y otra de bajada, tremenda también. Alabemos las cosas simples.

Había amanecido sin ganas en Shivalaya, con breves atisbo de luz que no terminaron de concretarse aunque el día acabó despejándose, algo que se agradecía en el frescor mañanero pero que dejaría de tener valor pocos minutos después, cuando recién despedidos del pueblo comenzábamos una subida inmisericorde de escalones de piedra que habría de rechinar huesos, rodillas y músculos. En breves minutos, como si fuéramos un pequeño cohete, Shivalaya se vislumbraba ya abajo mientras nos adentrábamos en el bosque. Por encima de nosotros, se veían y escuchaban entre las nubes las avionetas que volaban desde Katmandú a Lukla.

(Shibaya, desapareciendo literalmente, por debajo de nosotros)

Para cuando lleguamos a la a primera parada ya entre la sombra de la montaña y las nubes que amenazaban con alcanzarnos, las temperaturas habían bajado lo suficiente como para ver mi cuerpo humear al quitarme la mochila. Al otro lado Del del valle las pendientes de las colinas habían sucumbido completamente a la dominación humana, domesticadas a base de escalones, convirtiendo los otrora impracticables desniveles en arrozales de los que alimentarse. Era a pesar de todo, una vista bonita, la de centenares de artesanos que tallaron con paciencia la montaña durante generaciones.

La primera parada no era siquiera algo parecido a un bar o una posada, pero cuando preguntamos si servían milk tea, nuestra adicción favorita, nos invitaron a entrar. Acompañamos al interior a los dueños y compartimos estancia junto a un fuego que calentaba leche y ánimo con el gato de la casa. Era una casa pequeña, de ventanas diminutas por las que se colaba la luz. Tan solo esos resquicios acompañaban al fuego en la ardua tarea de dar forma al espacio.

(Algo que me solía encontrar en general es como la gente se ponía muy seria, solemne, cuando les pedía una foto)

(Jose, mimetizado en su ambiente montañero)

Pagamos y volvimos a ponernos la mochila al hombro. Continuaba la subida, adentrándose en la oscuridad de los bosques que se aventuraba en la niebla, atravesamos pequeños grupos de casas que ni siquiera alcanzaban para tener nombre de población alguno y tras una mañana sin descanso alcanzamos entre la niebla a Deurali a 2705 m. El punto más alto de la jornada.

Ya en estos momentos del viaje, siendo tan solo el segundo día, quedó establecido con claridad que iba a ser el lento del grupo. Entre la mochila sobredimensionada, mi afición por pararme a hacer fotos y mi desdeñable físico, ocupé servilmente mi papel de coche escoba en todas las etapas. Conste que ni lo digo con acritud ni con queja. En montaña es importante que cada cual camine al ritmo que le dictan el cuerpo y las fuerzas, sino cabe el riesgo de acabar desfondado o frustrado. Sea como fuere para cuando alcancé Deruali mis compañeros me indicaron, no sin cierto asombro y ya con el estómago lleno que nos podíamos hacer con algo de queso para el camino.

Nos sonaría normal si no lo pensamos mucho, pero ¿hacían queso en las montañas de Nepal? ¿Y un queso como el nuestro? En ningún otro sitio de Nepal lo había visto y en ningún otro lo encontraría. ¿Qué estaba pasando entonces? La historia tenía más miga de lo que pudiera parecer y el origen está en Suiza. Si, estábamos comiendo algo parecido a queso Suizo. En Nepal.

(El queso de yak de la zona)

El origen se remonta a los años 50 cuando un suizo, Werner Schulthess, llegó a Nepal como un voluntario de Naciones Unidas. Allí se encontró con que los pueblos en estos valles inaccesibles tenían un exceso de leche de yak que se acaba desperdiciando. Se podría haber llevado a Katmandú para venderla, pero el viaje era lo suficientemente largo como para que se estropeara. Schulthess comenzó primero por convencer a los locales que había que pasteurizar la leche y segundo, empezó a aplicar técnicas de elaboración de queso suizo allí entre los pueblos remotos de Nepal.

Para adaptar a la gente al sabor del nuevo producto, Schulthess repartió y regaló mucho del nuevo queso entre las poblaciones locales que poco a poco se fueron acostumbrando al esta nueva variedad. Con el tiempo, el queso alcanzó lugares mucho más importantes como Katmandú donde se convirtió en un pequeño lujo debido a su escasa y limitada producción (algo que se sigue manteniendo en la actualidad). A día de hoy, las fábricas siguen funcionando y si se quiere comer queso de Yak, no hay que dejar pasar la oportunidad al atravesar esta zona.

(Gente preciosa de Bhandar) 

A partir de aquí ya solo quedaba la bajada hasta nuestro destino final del día: Bhandar. Una población en expansión y a medio construir que supongo que aumentará de importancia en los próximos años. Una estación de autobús acabará conectándolo con Katmandú y sirve de centro para muchos de los pueblos de la zona. Había decenas de esbozos de casas y previendo que el turismo acabaría por llegar, gracias a los ecos del Everest, empezaban a haber unas cuantas opciones de alojamiento.

Realmente no apunté casi ninguno de los alojamientos durante el recorrido, pero esté sí, porque nos sentimos como en casa y pocas veces fue más cierto. Fuimos los únicos inquilinos en el Himganga Lodge, junto a la plaza principal y nos sentimos como invitados de lujo en una casa particular. Cuando pedimos de comer o de cenar, la mujer de la casa mandaba directamente a su hija al mercado a comprar. Lo cocinaba entonces ella directamente, sin prisas y alrededor de una hora larga después teníamos la comida en nuestro haber. Es decir empezaba de cero para nosotros, cosa que tenía su encanto, pero es que además gastaba una gusto en la cocina que nos enamoró. Nos habríamos quedado a vivir allí, bajo su cuidado.

El resto de una tarde que iba a pasarse ya sumida entre nubes lo dediqué a pasear por el pueblo, a estirar las piernas sin la carga de la mochila y a saludar a la gente que se acercaba una vez más con más curiosidad que yo. Escolares, señoras, niños y padres, junto un welcome to Nepal. Me he acostumbrado a lo largo de los años a entablar un poco de conversación aunque sea por mímica antes de pedir a alguien una foto. También he acostumbrado desde hace unos cuantos a pedirles después una dirección de mail para enviárselas en cuanto tengo la oportunidad. Me sorprendió que casi ninguno tuviera mail y casi todos me dieran su facebook. Cómo tenían cuenta de Facebook sin un mail es algo que no acabé de entender, pero cada cual (siempre que pude entender la letra) se recibió a si mismo en jpeg.

Allí acababa el día para nosotros. Hora de arrastrarse una vez más al saco, ponerse el frontal y en la oscuridad de la habitación perderse en las letras de los libros. Seguíamos atravesando pueblos y esta parte de la que yo no estaba muy convencido antes de empezar, me estaba enamorando por completo.

Más info: Como organizar el trek al Campamento Base del Everest

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Trekking del campamento base del Everest. Etapa 2: Shivalaya – Bhandar es un post de Ignacio en Crónicas de una cámara.